sábado, 9 de agosto de 2014

Artículo 'Yo Dona' (El Mundo): En el Reino de Beyoncé


Si se pusieran en común los recuerdos colectivos de los empleados de Parkwood, la pequeña y dinámica empresa de espectáculos que Beyoncé ha puesto en pie, se tendría material suficiente para la biografía más larga del mundo. Ni que decir tiene que sería, además, una hagiografía; para los que trabajan más cerca de ella, Beyoncé es, literalmente, perfecta. Una y otra vez se oye que es la persona más trabajadora del mundo del espectáculo, la más exigente consigo misma, la menos autocomplaciente. Sin embargo, entre todos esos elogios, también es posible encontrar rayitos de luz que inciden encantadora y esclarecedoramente sobre el tema más allá del halago.

Ahí está Angie Beyince, vicepresidenta de Operaciones, que se hizo mayor pasando los veranos con sus primas Beyoncé y Solange. «Les encantaba Janet Jackson», revela. Y añade:«Hablábamos toda la noche y no nos perdíamos 'Showtime at the Apollo' [un programa de actuaciones en directo que se mantuvo en antena entre 1987 y 2008] y mi serpiente, Fendi, se arrastraba por allí. Se posaba sobre nuestras cabezas mientras veíamos la tele». 

También está Ed Burke, su director de imagen, que no había oído hablar jamás de Beyoncé hasta que la conoció, hace una década, cuando un amigo le pidió que le hiciese una sesión de fotos a la cantante. Se ha pasado los siguientes siete años siguiéndola por todo el mundo, cámara en ristre. En Egipto, Beyoncé y él escalaron juntos una pirámide mientras el resto del grupo ni lo intentaba o se echaba atrás. «Parecía la Madre Teresa de Calcuta, con un vestido blanco y un pañolón en la cabeza, y cuando llegamos arriba del todo cantó A Song for You, de Donny Hathaway», recuerda Burke.

"Cuando se trata del sexo hay una doble vara de medir que aún persiste. Los hombres son libres y las mujeres no. Es una locura", comenta Beyoncé, que se ha declarado feminista en más de una ocasión.

También está Ty Hunter, su estilista, que trabajaba en Bui-Yah-Kah, una boutique de Houston, cuando conoció a la madre de Beyoncé, Miss Tina, cuando esta buscaba trajes para Destiny's Child, el grupo que lanzó a la fama mundial a la cantante tejana. Congeniaron inmediatamente. Eso fue en 1998. «Me recordaba a mi madre», explica Hunter. «A Bey, Solange y todas las chicas de Destiny's Child las considero hermanas. Es una familia normal, ¿sabes?, no lo que la gente cree. La imagen de Beyoncé es de diva-diva-diva, pero si me he quedado aquí todo este tiempo es porque no lo es». 

Luego está Anne Callahan-Longo, directora general de Parkwood, cuya infancia en Boston se nutrió de la música de Carole King, James Taylor y Carly Simon. Fue Callahan-Longo quien se arrancó un buen día con los movimientos de brazos que Beyoncé utiliza en su vídeo de 'XO'. «Es descacharrante, salgo en el DVD como autora de la coreografía», explica entre risas con su voz ronca. 

También tiene algo que decir Yvette Noel-Schure, la publicista, una especie de madre protectora. Se crió en la isla caribeña de Granada. Su acento suave, floral, delata su origen. «La única música que se oía en mi casa eran cantos religiosos», recuerda. Noel-Schure estaba con Destiny's Child en Los Ángeles el 11 de septiembre de 2001 cuando les llegó la noticia de los atentados. «Mamá no está aquí, así que creo que hoy mamá eres tú», recuerda que le dijo Beyoncé. «Y yo le respondí: 'Mi niño no está aquí, así que creo que vosotras tendréis que ser hoy mis niñas'. Con este trabajo o sin él, siempre me sentiré conectada a estas mujeres». 

Si quieres conocer a una persona, resulta de gran ayuda entender a quienes la rodean. En el caso de Beyoncé, tuve la posibilidad sin precedentes de entrar en Parkwood Entertainment, el sanctasanctórum de Bey. Este recinto sagrado se esconde en una anodina manzana de oficinas del centro de Nueva York, lo suficientemente alto como para gozar de buenas vistas. Decorado como un hotel boutique (sofás modulares de felpa, suelos de tarima, una enorme lámpara de araña de estilo contemporáneo), la referencia más visible a Beyoncé son los 17 premios Grammy que se alinean en la sala de reuniones y un retrato de Michael Jackson, su ídolo. Fue aquí, el 12 de diciembre del año pasado, donde el personal de Parkwood (que toma su nombre de la calle de Houston donde ella se crió) se reunió para poner en marcha el lanzamiento sorpresa del quinto álbum de la artista, Beyoncé. 


El nuevo material era diferente, lleno de una sexualidad salvaje, sin refinamientos, más personal que todo lo anterior [baste decir que 'Blow' es un tema donde la diva cuenta lo mucho que le gusta recibir sexo oral, 'Drunk in Love' habla de una felación y en temas como 'Pretty Hurts' aborda la tiranía de la industria de la belleza, por no hablar de los mensajes de corte, llamamientos al empoderamiento femenino que impregnan todo el disco]. 

Mantener el disco en secreto hasta el momento de su lanzamiento permitió a Beyoncé controlar mejor la forma en que sus fans lo percibían. Es difícil recordar un álbum importante de los últimos años que no se filtrara de antemano, o que no llegara a los críticos y a los insistentes bloggers antes que a los seguidores. Como le gusta decir a Noel-Schure, «la percepción que no se discute se convierte en realidad». 

No obstante, todo esto tiene un corolario: internet es una gran colmena (o 'BeyHive', como llaman a los ruidosos seguidores de la Reina Bey). Al igual que los Little Monsters [monstruitos] de Lady Gaga, BeyHive es una fuerza poderosa si se sabe utilizar. En las 12 horas siguientes a su lanzamiento, el nuevo disco generó 1,2 millones de tweets, alcanzando un máximo de 5.300 tweets por minuto. Al cabo de tres días, Beyoncé había vendido 828.773 copias digitales, lo que hacía de este el álbum de ventas más rápidas en la historia de iTunes (el hecho de que se tratara de una exclusiva de este portal tuvo algo que ver, claro). En las semanas y meses siguientes, el fenómeno seguiría creciendo gracias a un maremoto de acciones promocionales virales de los admiradores: tres abuelas que leen la letra de Drunk in Love (y que confunden Jay Z con Kanye West); el grupo de cantantes a capela 'Pentatonix' que resume el álbum completo en un brillante popurrí de seis minutos y la inevitable apropiación de las letras por el lenguaje callejero... 

Todo esto y lo que vino después lo lograron Beyoncé y su equipo sin necesidad de recurrir a la maquinaria tradicional de márketing: interminables rondas de entrevistas, complicadas fiestas de lanzamiento, promociones en las tiendas... En lugar de eso, gracias a apelar directamente a la gente que más importa, a los fans, los de Parkwood consiguieron la aspiración secular de políticos, titanes de los negocios y magnates de Hollywood: controlar el mensaje. 

No obstante, hubo algo más. El disco Beyoncé se planeó para que fuera la manifestación más personal de la carrera de la artista, un álbum que no se manufacturó para satisfacer los dictados habituales de la industria. Ella describe el proceso como «mucho más libre que todo lo que haya hecho en el pasado. La intención no era nada más que seguir nuestros instintos, aprovechar el momento y seguir divirtiéndonos». A modo de ejemplo, destaca el vídeo de 'Drunk in Love', uno de los favoritos de sus seguidores: «Estábamos en Miami para el concierto de Jay (Jay Z, su marido), ¡en la playa, con un clima increíble! El vídeo es bonito por su sencillez. Si quieres que algo parezca real, no puedes pensártelo demasiado». 

Pueden parecer palabras que se lleva el viento en una industria que vive de ellas, pero no hay más que comparar la estrategia de Beyoncé con la de Lady Gaga con ArtPop para darse cuenta de hasta qué punto la primera ha logrado salirse fuera, con éxito, del ciclo brutal de bombo y platillo seguido de reacción en contra que se ha convertido en la norma de la industria discográfica. 


Podéis leer una interesante entrevista acerca del último álbum de Beyoncé, publicada por El Mundo, pinchando en el siguiente enlace que os llevará a este mismo artículo: http://www.elmundo.es/yodona/2014/08/08/53e231e822601d017f8b4587.html 

Fuente: YO DONA / ElMundo.es (Gracias a Elena!)

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